TAMBIEN LAS FIESTAS TIENEN SU FINAL

Me rodean los pinos. Los huelo. Entreveo entre sus ramas cruzadas el brillo de la luna. Del garaje me llega el sonido de la música. Son Police: "wrapped around your finger". Me tambaleó y apoyo la diestra contra la corteza humedecida del tronco de uno de los árboles. Puedo pensar. No estoy tan mal -o tan bien- como para no poder permitirme hacerlo. He bebido más de la cuenta, sí, me he reído lo suyo, he bailado desmañadamente con las chicas y he terminado, como siempre hago en todas los saraos a los que me invitan, encaminando mis pasos dubitativos en pos de la soledad.
Trato de extremar las sensaciones que detraigo del hecho de saberme solo. Son sensaciones placenteras, reconfortantes. Me froto las manos para secármelas y emprendo un camino sin rumbo que no me aleje en exceso de la casa. La palabra relajación va fundiéndose, mientras me muevo, con mis sentimientos. "Estoy borracho y soy feliz" pienso. Mis problemas, mis preocupaciones, no se hallan aquí, ahora, conmigo. Tampoco ella está conmigo. No. Ella baila en la casa, les sonríe a los otros, les cuenta chismes a sus amigas, se sube las faldas muy por encima de las rodillas para hacer el payaso -y encelarles a ellos- a la hora de bailar la samba. Yo, entre tanto, afuera, con un vaso de plástico en la mano que contiene dos dedos de whisky y la vista perdida entre la samba cósmica de las estrellas, me siento un superviviente de otros tiempos, podría ser en estos instantes un bisabuelo mío, o tuyo, que avanza despacio, confiado, por los caminos de la noche y el silencio, por los campos pletóricos del futuro. Y ahora la música consiste solo en una especie de zumbido metálico en el que no es posible distinguir tonos ni matices. Ahora, ya, sus sones, están hechos de piel y sangre, de instinto animal, porque el timbre de las cigarras ha venido a reemplazar a las guitarras de los hombres. Apuro el whisky y el vaso lo dejo colocado encima de un pedrusco. No me ha costado demasiado que se mantuviera en píe. Es hora de plantearse regresar.
Me da pereza hacerlo. Me dan pereza el barreño azul con la sangría. Las botellas de alcohol amontonadas, el humo, el suelo pringoso, las risotadas de borracho de mis amigos, y hasta María me da pereza. Pero sé que me conviene volver. No es bueno hacer solo el viaje hasta Madrid conduciendo borracho. Podría salirme de la carretera en una curva de tantas y pasarme tirado en la cuneta el resto de la noche oliendo a caucho y gasolina, eso... en el mejor de los caos. Un sinsentido.
Más cerca de la casa distingo algunas siluetas moviéndose por el jardín. Aún más cerca -han bajado la música- compruebo que lo que ahora está sonando es un merengue o algo parecido de por la parte del Caribe. No aguanto el merengue y retorno sobre mis pasos aunque a lo mejor esa canción en concreto no lo sea. Merengue, quiero decir.
Estoy de vuelta en la pineda sin haberme tomado ese whisky de más que, en el fondo, iba también buscando. Otra vez tranquilo en un lugar en el que el merengue, el Ballentine's y el Caribe no tienen la menor cabida, donde sólo habitan esta noche, además de mi borrachera, la paz y los reflejos de la luna.
Me tumbo sobre una laja alfombrada por las agujas secas, caídas de los pinos, tratando de concentrarme en el satélite, procurando saber apreciar en toda su magnitud lo bonita que ella es. Dormito durante unos instantes. Al incorporarme tomo una piedra cualquiera del suelo y la lanzo con fuerza hacia el horizonte. Sé que a los locos les encanta dispararle tiros al firmamento cuando se despiertan y me pregunto: "¿estaré loco?". La luna no se atreve a contestarme. Las cigarras se están muriendo mientras cantan y empiezan a oirse arrancar los motores de los automóviles. La fiesta decae, es ley de vida, y yo, como siempre, seré uno de los últimos en marcharme a otro lado.
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PARA LEER: La biblioteca de la piscina (ALAN HOLLINGHURST)
PARA ESCUCHAR: Regatta de Blanc (THE POLICE)
3 comentarios
Qué triste y bonito, Bluff. Qué sórdido el vaso de plástico y el suelo pringoso, qué bien lo de la laja cubierta de acículas de pino, qué putilla la María, qué frágil debilidad la de la borrachera, qué mal educaca la luna que no te contesta.
Lansky, no me seas tan jelly, que no te cuadra. Que en vez de una almeja pareces un Lacasito, durito por fuera y blandurrio por dentro.
Es broma. Me han encantado tus elogios. Sé perfectamente que proceden de un lector exigente y con gusto. De un buen escritor.
GRACIAS. Julian Bluff
No echarle margaritas a los cerdos es buena costumbre nutricionista, esto es, higiénica.
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